La televisión en el punto de mira
Artículo publicado en el número 5 de «Txalaparta, letras & ideas»
Al finalizar el siglo XX, la televisión se ha convertido en el medio de mayor influencia y relevancia, desplazando al cine, a la radio y a la prensa escrita. Su incidencia abarca los espacios privados y públicos, las áreas culturales, políticas, económicas, educativas y en general todos los renglones del convivir social.
La televisión se introduce en el seno familiar. El aparato receptor ocupa un lugar central y preferente en la sala, la cocina o el dormitorio, es decir, los espacios más íntimos del hogar. El lugar que antes ocupaba la chimenea, como punto familiar de encuentro y conversación ha sido reemplazado por la televisión.
La forma como se usa el tiempo libre, en esta época, está indisolublemente asociada al consumo televisivo. En el campo, en la ciudad, en los barrios pobres o residenciales, ahí está siempre presente la televisión, acompañando durante largas horas a niños, amas de casa, adolescentes o adultos.
La televisión va desplazando a la escuela como espacio de socialización y de difusión de valores. Es impensable, ahora, el ejercicio de la política sin la televisión: al igual que los otros medios confiere un estatuto de realidad a las cosas: lo que publican los medios existe, lo que no es registrado es como si nunca hubiera existido. Los medios, en general, van definiendo los temas en torno a los cuales la gente organiza su discusión. Si bien no son omnipotentes, tienen la posibilidad de llegar a un público amplio facilitando la construcción de una determinada imagen del mundo.
Existen múltiples enfoques de cómo analizar el fenómeno y el discurso televisivo. Hay autores que la satanizan, argumentando que la TV moldea las actitudes y la conducta de los públicos. Señalan, por ejemplo, que los programas violentos constituyen una de las causas para el incremento de la delincuencia. Los defensores interesados del status quo, en cambio, le atribuyen cualidades informativas, educativas y recreativas.
Por otro lado, autores posmodernistas, como Jesús González Requena, analizan el fenómeno sólo en su función meramente especular o espectacular. En efecto, en su libro, El discurso televisivo; espectáculo de la posmodernidad, González construye una lectura sobre el discurso televisivo, señalando que éste es fragmentado, heterogéneo y repetitivo, lo cual es innegable. Sin embargo, concluye que El discurso televisivo dominante vacío de ideologías, lejos de sustentar una (ideología) tiende a vaciar el universo de ideologías, sistemas de valores, etc. Todo se convierte en espectáculo, valor de cambio visual.
Contrario a esta visión, Román Gubern, en su libro La Mirada Opulenta: Explotación de la Iconosfera Contemporánea, sostiene que es a través de la programación televisiva que se pretende homogeneizar las ideologías, gustos, expectativas y centros de interés social y cultural de una sociedad estratificada en clases.
La televisión como discurso
La televisión busca atrapar al televidente mediante un contacto familiar y cercano. Los personajes miran a la cámara, como buscando los ojos del espectador, como si éste estuviera ubicado en el interior del universo narrativo. Esta familiaridad, entre otros factores, hace que alguna gente tienda a verse atrapada en un proceso continuo de adición a la televisión.
En esta línea, la novela o el culebrón es un relato que pretende no acabar nunca. Se reproduce, dice González, indefinidamente y mantiene el deseo del espectador quien se encuentra atrapado frente a temas como la violencia, el sexo, el dinero y la traición.
Es bien conocido el condicionamiento ejercido por la publicidad sobre la programación televisiva. Cabe recordar que los anunciantes financian las emisiones de la televisión comercial. Ésta nació en Estados Unidos, en forma de actividad privada y comercial, financiada por la publicidad. Y ese modelo es el que ha llegado y se ha impuesto en el resto del mundo. Hay ejemplos muy interesantes de cómo las agencias de publicidad han condicionado no sólo el carácter de la programación, sino incluso, los guiones, temas que han sido recogidos por Gubern.
Así, en la década de los cincuenta, una agencia que tenía de cliente a un fabricante de patatas fritas ofrecía cheques de cien dólares a los guionistas que incluyeran en sus obras a un personaje comiendo dichos tubérculos. En una serie patrocinada por los cigarrillos Camel, se imponía a los guionistas que sólo podían fumar los personajes positivos de la obra, no los negativos. Los cigarrillos debían fumarse en momentos de relajamiento, no para calmar los nervios. Los actores no podían toser. No debían aparecer ni médicos, ni letreros de prohibido fumar. Así, con una propaganda subliminal, no sólo se buscaba asegurar el consumo, sino un estilo de vida.
Dentro de esta lógica del mercado, no necesariamente lo mejor gana espacio, sino lo más comercial, con lo que baja el nivel de la programación, siguiendo el principio de mínimo esfuerzo del televidente común.
La información
Según González, uno de los géneros de la programación televisiva es el informativo. Sostiene que el exceso de informaciones fragmentadas impiden al sujeto establecer una relación con ellas en otros términos que no sean las del consumo espectacular. En este sentido, señala, siempre termina con una nota positiva, como en el espectáculo (el final feliz).
De hecho los noticieros se construyen con una buena dosis de espectacularización: ofrecen informaciones breves, descontextualizadas y anecdóticas. Pero ello también responde a determinados intereses y a las exigencias de la publicidad. En ningún momento están desligados de la ideología y de las concepciones de quienes manejan la programación. Hay dos criterios que utilizan los productores de TV: selección y codificación.
Así, frente a un creciente número de noticias recibidas a diario por cable, Internet, fax, telefax, fuentes directas, etc., el productor decide qué noticias debe difundir y qué desecha. El criterio de selección, sin embargo, es curioso y frecuentemente coincidente entre los emisores de las noticias: en el plano nacional casi siempre se entrevista a los mismos líderes de opinión, y en el plano internacional, casi todos los canales transmiten las mismas imágenes de la CNN o CBS; en este caso, los centros mundiales de decisión finalmente determinan las noticias e imágenes que el mundo debe ver.
No hay información objetiva, sino la interpretación de quien la produce. Gubern va más allá al señalar que ni siquiera la información en directo es equiparable a la recepción directa del acontecimiento, ni está exenta de manipulación distorsionadora. Así, el uso de distintas cámaras, el enfoque de determinadas imágenes en ciertos momentos, los cambios de objetivos y encuadres, el comentario y otros factores, construyen de modo intencional la representación pública de tal acontecimiento, se construye la realidad por medio de la información.
Concentración y dispersión
La centralización de imágenes, por ejemplo de la CNN o de cadenas estadounidenses como la CBS, que se reproducen en casi todos los canales de los países del Tercer Mundo, hace que en todas partes se tenga una sola versión y una imagen del mundo, con escaso margen para las visiones o imágenes diferentes.
Otro fenómeno que se da en esta época es la sobreinformación del individuo, lo que no quiere decir que necesariamente esté bien informado, o que esté en capacidad de asimilar los inmensos flujos de información que se encuentran circulando en la iconosfera contemporánea. Esto produce más un efecto desmovilizador. Mucha gente considera que su obligación ciudadana es estar informado y por ello deja de actuar y participar, en el marco del ejercicio de los derechos y la ampliación de la democracia.
Lo ideológico
En realidad, el discurso televisivo no está ni vacío de ideología, ni de sistemas de valores. A través de la programación televisiva se trasmiten códigos, símbolos, formas de vida y de ver el mundo, patrones de consumo, salud, belleza y alimentación. Si bien el consumo no está al alcance de todos, ni se homogeneiza, principalmente por el sistema de exclusión, generan expectativas de las clases subalternas como proyectos posibles de vida, a los cuales se debe aspirar, para alcanzar la felicidad, la cual es asociada con el tener y no con el ser.
Decir que el discurso está vacío de ideología tiene que ver con la corriente neoliberal que pregona el fin de las ideologías. Esto permite apuntalar al sistema capitalista, el cual es presentado como un sistema único, eterno e incuestionable, del cual no hay posibilidad de salir. Estas concepciones dejan poco campo para propuestas alternativas, tanto para la construcción de la democracia, como para afirmar el derecho a la información.
El reto más bien es apropiarse de este medio y transformarlo, desde dentro y desde fuera, buscando alterar su lógica excesiva e interesadamente fragmentaria, con la introducción de metodologías democráticas que piensen la televisión desde el interés social, desde la diversidad y el acceso igualitario para todos.