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La información, instrumento de guerra

Jabier Salutregi Mentxaka
(director de EGIN)
Artículo publicado en el número 67 de Herria Eginez, abril de 1999

Ikurrina-luma

    Bombardeados por la metralla de la información, los ciudadanos vascos asistimos desde hace ya demasiado tiempo, consciente e inconscientemente, a una guerra desatada y cruel en la que la expresión, la palabra y la imagen son las balas que atraviesan el pensamiento, las ideas, la ilusión y las esperanzas. Asistimos a una guerra cuyos cuarteles se asientan en las redacciones de los medios de comunicación, pues al fin y al cabo éstos, los medios, han sido históricamente utilizados corno «instrumentos de conquista y dominio al servicio de la propaganda y la guerra psico1ógica, aun en tiempos de paz», si aceptamos la definición de Clausewitz, y si recordamos que fue un lingüista, Antonio de Nebrija, autor de la primera gramática española, quien intuyó que el lenguaje, el código comunicativo para transmitir ideas, era esencial para conquistar imperios.

Es importante entender que la producción mediática, tal y como señala el catedrático de Ciencias de la Información Francisco Sierra, ha sido siempre un dispositivo autoritario de «conquista de las almas y los corazones». Y es precisamente este carácter de «conquista» el que condujo, conduce y conducirá a los medios de comunicación a encuadrarse dentro de un permanente proceso de militarización, pues su función social, si alguna vez la cumplieron, se ha difuminado hasta desaparecer casi por completo y caer en una concepción belicista de la cultura de la información al servicio de los intereses de la ideología dominante, la del Poder.

 

La importancia de la información

Los que mandan, guerra tras guerra, han aprendido a sopesar perfectamente la importancia de la información hasta tal punto que, en la actualidad, el final de cualquier combate, en términos militares, puede predeterminarse a tenor de las fuerzas comunicativas que cada una de las partes posea. En tanto que se le destruya al enemigo su capacidad de comunicar la batalla tendera a su fin; no obstante, es de destacar en ese sentido que unos sencillos altavoces en manos de un núcleo social altamente concienciado pueden constituir un cinturón de hierro inexpugnable.

No deja de ser llamativo y significativo que todo un Estado, como el español, se sienta vulnerable hasta el pánico por la simple presencia diaria de un único periódico díscolo y disidente como EGIN y se sienta tan incómodo que opte por llevar a cabo la barbaridad. Por eso lo cerraron a cal y canto tras una larga, terrible y cruel campaña antidemocrática destinada a lograr su ahogo mediante una sistemática y despiadada criminalización. Campaña, todo habrá que decirlo, que siempre será recordatorio del deshonor de partidos que en la actualidad se sientan bajo la sombra de Lizarra-Garazi y que en su día no supieron ver la imperiosa necesidad de vertebrar en Euskal Herria un espacio de comunicación nacional vasco, de potenciar en nuestra patria nuestro propio concepto periodístico y, por el contrario, permitir que el modelo informativo hegemónico siguiera reflejando la filosofía del nacionalismo español joseantoniano.

Y es que el objetivo nuclear que el Gobierno español pretende alcanzar a través de sus medios, abanderando ahora el sentimiento nacional español y mañana la ideología neoliberal capitalista, es el de vencer, y «convencer», sin ningún tipo de oposición informativa, al nacionalismo vasco, definiendo ante la opinión pública como el mayor peligro de España.

 

La construcción de la realidad

Si tuviéramos en cuenta las teorías aportadas por la sociofenomenología, una disciplina creada por el austríaco Alfred Schutz entre 1940-1950 en EEUU, estaríamos de acuerdo en que la «noticia» es el factor nuclear para llevar a cabo la «construcción social de la realidad» en tanto que la información es un mecanismo que se pone en marcha de modo cotidiano que sirve, fundamentalmente, para relacionar a los colectivos, a la sociedad. Dicho de otra manera, según estas teorías, la actividad informativa ha de ser considerada como una acción orientada a la construcción de la «realidad social». Cabe destacar en este sentido que las teorías de la información más aceptadas apuntan a que el proceso informativo contribuye a descontextualizar un acontecimiento, a apartarlo del contexto en el que se ha producido, para poder recontextualizarlo en las formas informativas, pues es precisamente este doble proceso de descontextualización y recontextualización lo que supone la «construcción social» que toma expresión en los medios de comunicación.

Los medios de comunicación, bajo las tesis imperantes, son entendidos como «aparatos sociales institucionalizados, legitimados para la producción del entendimiento cotidiano sobre la realidad», lo que deja abierto el debate sobre el reconocimiento y la legitimidad de la empresa que sustenta económicamente la estructura que posibilita la producción informativa y también, cómo no, abre el debate sobre la figura del transmisor (periodista) y el modelo de relación que se establece entre éste, el transmisor, y la sociedad.

En definitiva, la información actúa, según los parámetros actuales, como el soporte básico de la acción de los media, sobre el sistema político. Los medios de comunicación, mediante su acción, han sustituido a la familia y a la escuela a la hora de orientar, educar e influir en componentes sociales y políticos de los adolescentes. Influyen en la valoración del público sobre el hecho político, y en el grado de compromiso público y de consenso.

 

Los medios mediadores

Steven H. Chafee, un profesor californiano poco sospechoso de subversivo, señala que los medios de comunicación de masas llegan a formar un verdadero sistema parapolítico que influencian notablemente al sistema político mediante su actividad. Los medios, viene a decir, actúan como mediadores entre la población y las instituciones que protagonizan los procesos de decisión publica (el Poder), prestando un servicio inestimable a los intereses de una sociedad que se sitúa con desconocimiento ante procesos de gran envergadura política y que se sostienen desde el poder.

Estas angelicales teorías, no obstante, chocan brutalmente, sin ir mas lejos, con la realidad de Euskal Herria y las circunstancias que la configuran como una nación sin estado, como una nación que se pone en pie en reclamo de sus reivindicaciones frente a un poder político que no lo considera suyo. Ocurre que en Euskal Herria, el mediador (periodista) y los medios de comunicación, con su mediación entre Poder y sociedad, estarían sirviendo «inestimablemente», de hacerlo, a otro tipo de sociedad (la española) de espaldas a los parámetros de la sociedad vasca, pues en este país el colectivo mayoritario responde a un concepto político, el nacionalismo vasco, diferente al que sostienen tanto los empresarios, los medios de comunicación, como -al menos aparentemente- la mayor parte de los transmisores (periodistas). Nos encontramos, pues, con que los medios de comunicación en Euskal Herria han establecido un sistema de mediación entre las instituciones políticas españolas y el publico nacionalista español. Por lo tanto, nos encontramos ante la grave situación de que estos medios educan a nuestros jóvenes en el nacionalismo español, sustituyen a la familia vasca por la familia española, y orientan españolamente en lo político y en sus comportamientos sociales a los adolescentes vascos.

 

Reflexiones éticas

Recientemente, cerca de 200 periodistas de Euskal Herria se dieron cita en Bilbo para reflexionar sobre el papel de los medios de comunicación en el «nuevo escenario». No deja de ser sintomático que casi dos centenares de profesionales se reunieran para semejante acto y dieran así forma a sus preocupaciones y, por ende, a la inquietante situación que se contempla en el campo informativo vasco.

No deja de ser también altamente significativo que en esta reunión, al margen de los debates y otras reflexiones que se dejaron oír, estos profesionales aceptaron por practica unanimidad un decálogo ético, deonto1ógico, que sirva de soporte y guía para los profesionales de la prensa. Un documento de diez puntos que podría ser asumido por cualquier periodista en cualquier país del mundo, pero que dadas las circunstancias en las que nos movemos resulta ser casi tan subversivo a gritar simplemente «¡libertad!» en una dictadura, en un país en la que ésta no existe.

En sus conclusiones los presentadores del citado decálogo señalaban con acierto que «el modo en el que una sociedad debe estar bien informada adquiere un significado especial en estos momentos como el actual en el País Vasco en el que se explicitan todos sus conflictos (sociales, políticos, lingüistico-culturales...) y han de tomarse decisiones de cambio».

Entre las propuestas que se incluyen en esta guía ética para periodistas desmemoriados y en pie de guerra, se nos recuerda que la «veracidad favorece tanto el diálogo sobre el fondo político de los conflictos y sus manifestaciones como la búsqueda de salidas razonables y pacíficas», que los medios deben «respetar ese derecho de sus profesionales, distinguiendo así entre relación laboral y la relación informativa del periodista con la sociedad», sin olvidar que se debe asumir por parte de los periodistas el ser «criticados por la sociedad».

El documento señala también que los medios de comunicación deben diferenciar «los hechos de las opiniones, las interpretaciones de las conjeturas, la información de la propaganda, las críticas de la injuria, los hechos del rumor», «Los periodistas -dice mas adelante- no entrarán en connivencia ni se dejarán influir por poderes públicos o sectores económicos. Contribuir al proceso hacia la paz requiere practicar actitudes moderadoras, buscando promover la distensión, el diálogo social y la mejor comprensión entre las partes».

La propuesta también incide en aspectos de estructuras informativas al aconsejar a los medios a que hagan «un esfuerzo en aquellos géneros periodísticos que favorezcan los análisis en profundidad, la explicación de los contextos y las coyunturas y los debates que ayuden a la opinión publica a situarse». Recuerda a los profesionales que «las informaciones deben obtenerse por medios éticos». Y dice a este respecto que las informaciones «procedentes de cualquier fuente, tanto oficial como oficiosa y privada, se contrastarán sin otorgar credibilidades gratuitas a ninguna».

Al bajar a lo concreto, los profesores vascos que elaboraron este documento subrayan que «merecen especial respeto y consideración informativa todas las víctimas de la violencia sin exclusión alguna (...) facilitando la reconciliación social y evitando, en cualquier caso, su utilización para estrategias políticas interesadas». «Ha de respetarse -afirman en otro apartado- el derecho de toda la ciudadanía a la intimidad y a la imagen personal, lo que reza tanto para el personaje público como para el preso o el ciudadano más anónimo».

Por último aconsejan «dar más voz a los afectados que a los gabinetes informativos» y que se intente «institucionalizar los encuentros entre editores y emisores para discutir sobre su papel fiscalizador de los poderes o sobre el tratamiento mediático del actual proceso político».

Una ojeada al «decálogo» presentado por los profesores de periodismo de la UPV a los profesionales que a esta reunión se acercaron, ofrece una buena fotografía de la terrible situación moral en la que se mueven los profesionales de la comunicación. Desde la distancia académica, el paisaje de guerra que ofrecemos los periodistas en Euskal Herria y en el resto del Estado español es desolador, por eso el simple recordatorio de lo evidente resulta ser mucho más agudo que un grito. Ciertamente, hay veces que para explicar lo que es la oscuridad se debe enseñar lo que es la claridad. Estas recomendaciones así lo demuestran, pues nos muestran con tremenda nitidez todo lo contrario de la realidad en la que se mueven los profesionales y los medios de comunicación.