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Periodismo e identidad nacional


Reproducimos un capítulo del libro de Furio Colombo «Ultimas noticias sobre periodismo» (Editorial Anagrama, 1997)

    El autor plantea la cuestión de la identidad nacional del periodista, como fruto "...de una formación psicológica y de los caracteres expresivos de la cultura a la que pertenece"; analiza el condicionamiento de esta circunstancia en la actividad profesional dentro y fuera de su propio país y su relación con la objetividad informativa y la cuestión de la separación entre noticia y comentario. Colombo teoriza acerca de estas cuestiones desde el plano de experiencias concretas de la realidad a las que cita y en las que se soporta.

    El texto puede ayudarnos a reflexionar sobre nuestra propia realidad y la necesidad de disponer de medios y profesionales propios para contrarrestar las visiones manipuladoras y a veces esperpénticas que de esa realidad ofrecen unos medios sometidos a la doble servidumbre de la sumisión a intereses espurios y de la ignorancia de lo que realmente acontece en nuestra sociedad.


Periodismo e identidad nacional

¿Existe un periodismo nacional (italiano, alemán, americano) diferenciable por tradición, cultura, técnicas, modos de trabajo y no sólo por la lengua? ¿Importa la definición de «interés nacional»?

 

    El periodismo asiático de Singapur es muy diferente del hindú, del filipino o del japonés. Tan diferente que los corresponsales que trabajan en Singapur para periódicos de países lejanos se exponen a un peligro insólito: el de ser castigados en Singapur (castigados, no expulsados) por lo que han escrito en periódicos lejanos. Le ocurrió en octubre de 1994 al corresponsal del Herald Tribune, procesado como autor de un artículo considerado "intolerable" y "peligroso" por las autoridades de la isla aunque no fuera una crítica al gobierno. Una exposición de problemas y de tesis económicas que contrastaban con la opinión oficial fue interpretada como un ataque a algunos de los principios fundamentales que rigen Singapur. Se plantea en este punto una cuestión que no es –no exactamente- una cuestión de la libertad, sino más bien una cuestión de tradición y de cultura.

    A los ojos de aquel gobierno, en efecto, aparecieron dos distinciones: la nacionalidad distinta del reportero y de su diario y su carácter ajeno a la "cultura" de la isla. Hay que advertir que esta característica se convirtió en un argumento de la acusación. Es fácil relacionar este episodio con aquél, también ocurrido en Singapur, del adolescente americano condenado a ser azotado por haber ensuciado con spray unos coches aparcados. Gobierno y sistema judicial de la isla se enfrentaron a las protestas del mundo -y del presidente de los Estados Unidos-, pese al riesgo económico que actuar de ese modo suponía.

    Singapur no cedió. Y ahí se ve claramente en qué atmósfera histórica y cultural está inmerso su periodismo: el gobierno no pone ningún límite a la comunicación de los números y de los hechos económicos pero no deja libertad de interpretar.

    En ese país se ha consumado una de las fracturas más peligrosas que se vislumbran en el interior del sistema capitalista: lo que se da entre libertad económica y libertad civil. La América de Reagan había asistido a una cierta aparición de esa fisura. Fue una temporada de fuerte desarrollo de las libertades económicas, pero en la que se atisbaron, a través de las presiones religiosas del fundamentalismo protestante, algunos menoscabos de las libertades civiles: en la elección de los libros de texto de las escuelas, en la tolerancia por las expresiones de la sexualidad y los "estilos de vida", en la cuestión del aborto (prohibición del empleo de fondos federales para las mujeres pobres, eliminación de las contribuciones americanas para la "educación familiar" y para la limitación de los nacimientos en China y en la India).

    El estilo del periodismo -aunque para nada comprometido en sus libertades fundamentales- se resintió de ello. Muchos recuerdan las "mayestáticas" conferencias de prensa del presidente Reagan, que eran escasas, breves, organizadas con extremo orden y con un cuidado ceremonial (se abrían las dos hojas de una gran puerta y se cerraban a las espaldas del presidente, delante de una sala silenciosa).

    Aquellos años inspiraron al columnista demócrata (y por tanto de la oposición) Anthony Lewies el libro "On your knees" (De rodillas), dedicado a las restricciones concretas de la libertad de información más como presión psicológica que como hecho técnico o jurídico.

    Así que incluso el periodismo americano, modelo y obra maestra de la información pluralista, está sometido a la atmósfera y a determinados datos impalpables de las condiciones en que trabajan los periodistas. Bastará al respecto recordar aquel breve y dramático período de la historia americana que fue el maccarthismo, la actividad investigadora del Comité de tradición, que consta entre las más íntegras del mundo, no fue el periodismo el que salvó al país de la pesadilla del Comité, a través de denuncias o representaciones de las aberraciones de aquel fenómeno político; fue la propia política la que se liberó de él, el propio presidente de Estados Unidos quien consideró intolerable su continuidad.

    En aquel período el periodismo americano dio un paso atrás: no calló nada. Pero tampoco denunció nada. Miró y esperó mientras inocentes acababan en la cárcel, otros se suicidaban y la vida de muchísima gente se veía injustamente alterada. Como se ve, me he referido, en todos los casos descritos, a situaciones, relativamente efímeras, del presente. Una serie de circunstancias que no son leyes o alteraciones del régimen sino condiciones internas y culturales de la vida, más estables en Singapur, donde faltan tradiciones de libertad, más lábiles y transitorias en Estados Unidos, donde esas tradiciones son fortísimas. Pero en ambos casos la fragilidad y la sensibilidad del sistema de las informaciones a las condiciones ambientales, antes incluso que a las jurídicas o materiales, es evidente. Mucho más importante, como es natural, es la relación profunda entre el ejercicio del periodismo y los datos culturales e históricos de un país.

    El ambiente que rodea a un periodista lo condiciona profundamente en el momento y en el lugar en que trabaja, aunque el periodista no pertenezca a la cultura que esté describiendo. Naturalmente, el condicionamiento también puede funcionar en sentido contrario. ¨¿Cuántos periodistas soviéticos, en plena guerra fría, fueron conquistados por el modelo americano mientras vivían en Nueva York? ¨O bien recurrieron a la solución de ofrecer una interpretación exótica basada en el reclamo a costumbres y hábitos diferentes, para compensar la distancia y el malestar experimentados respecto a situaciones desconocidas?

    En todos estos casos, sin embargo, el dato más fuerte, más interesante y, muchas veces, menos comentado en la relación entre periodismo y ambiente es la identidad nacional del periodista. Identidad que no procede de sus documentos ni de su pasaporte sino de la formación psicológica y de los caracteres expresivos de la cultura a la que pertenece.

    Consideramos estos datos -la identidad nacional del periodista- en los dos aspectos principales de su actividad, dentro de las fronteras del propio país y en el extranjero. Nadie, -a excepción de los diplomáticos - es más típicamente "nacional" que un periodista. Nadie como él –entre los que tienen la tarea y el compromiso de comunicar- está más profundamente ligado a los rasgos formativos de su propio país. Un poeta o un narrador pueden no haber viajado nunca y estar -pese a ello- fuera y aislados respecto al ambiente cultural en el que actúan. El sentirse extraño puede ser un dato del arte, pero nunca es un dato de la profesión periodística, y es imposible que lo sea. Llevaría, en la relación con los lectores, a la desorientación y al desequilibrio. La identidad puede parecer un factor irrelevante cuando el periodista no está en tránsito internacional.

    Sin embargo, la conciencia de la identidad nacional sigue siendo importante. Aunque sólo sea porque evita invocar continuamente los modelos profesionales de otros países; evita embocar los dos caminos arriesgados del excesivamente bajo y del excesivamente alto umbral crítico. El segundo lleva a considerarse inconscientemente periodista extranjero, visitante ocasional del propio país y a establecer diferencias y distancias que no permiten referencias reales.

    Evidentemente, existe una diferencia entre la identidad nacional y la identidad profesional del periodista. Todo buen periodista tiende a discutir, mejorar y cambiar muchos aspectos de su actividad profesional; no quiere aceptar pasivamente el modelo de identidad que le es propuesto por quien le precede en el "oficio". Conseguirá  hacerlo -o sea luchar  por innovar- sólo si le resulta claro el contexto en que actúa y si conoce, acepta y refuerza la identidad cultural que le ha formado.

    Las afirmaciones hechas hasta el momento piden una aclaración. He utilizado como equivalentes las expresiones "identidad cultural" e "identidad nacional" no para exaltar la matriz nacional de una persona que trabaja como periodista, sino la conciencia de una formación y de un background histórico, psicológico y cultural que son el único modo de identificar a un profesional de la comunicación. Identificar no tiene nada que ver con celebrar. Sirve, sin embargo, para no invocar modos y modelos que son el fruto de otras culturas y para adquirir conciencia de los propios límites.

    Por ejemplo, la separación absoluta y clara entre noticia y comentario, orgullo del periodismo anglosajón y protestante, es probablemente imposible en la cultura católica basada históricamente en el valor de la interpretación autorizada. Es típico de esta cultura que la voz de la autoridad esté presente en todo momento pese a las continuas demostraciones de escepticismo y de desconfianza.

    Pero la convicción de poseer el don de la objetividad ha dado lugar a más de un error y a muchos equívocos en el periodismo americano, que acaba a veces por convertirse en "prisionero" de las fuentes y se prohibe, por lo menos al nivel de la crónica, interpretar.

    Puede ser útil recordar el recorrido del reportaje periodístico americano en Vietnam. Por un lado, periodistas lejanos, estrechamente vinculados a las fuentes americanas, que siempre han nutrido el periodismo de guerra. Por otro, la opinión pública de un país (y por tanto de los lectores) que tomaba sus distancias respecto a la interpretación de su gobierno y pedía una valoración independiente de los acontecimientos. El mérito del periodismo americano ha residido en ser sensible a esta llamada y saber alejarse del calor y de la protección de las fuentes oficiales, sin convertirse con ello en antiamericano. El límite estuvo en no haber cubierto ese recorrido por iniciativa propia, gracias a los propios méritos y a las propias cualidades profesionales. El impulso vino del brusco cambio del clima cultural del país. La identificación nacional del periodismo sirve también para responder a la pregunta: ¨¿De dónde vienen las noticias? Es sabido que la mayor parte de las noticias del mundo vienen de fuentes americanas. Esto es cierto en un doble sentido: porque la poderosa máquina americana de la información difunde en el mundo más noticias sobre su propio país de lo que puede hacer cualquier otra fuente, pero también porque las noticias de cualquier otro país sólo llegan a ser mundiales cuando se han convertido en noticias americanas. Hay una gradualidad en esta relación. Europa tiene una fuerza considerable de difusión de las propias noticias y las noticias del área que la rodea; Japón controla con firmeza las noticias que lo afectan. Pese a todo, sólo el paso a través de las agencias americanas transforma una noticia de acontecimiento local en acontecimiento internacional. El drama del niño Nicholas Green, asesinado por unos bandidos en la autopista italiana Salerno-Reggio Calabria, sólo se convirtió en internacional cuando el pequeño ataúd llegó a Estados Unidos y las televisiones del mundo recibieron las imágenes de su conmovedor funeral en una colina californiana. Grandes zonas del mundo, de Groenlandia a Ruanda, dependen casi por completo del sistema de las informaciones americanas para verse y saber de sí mismas. Otras, también grandes económicamente importantes, sólo llegan a ser internacionales -o sea el resto del mundo conoce sus acontecimientos- cuando los media americanos deciden hablar de ellas. Es el caso de Brasil, de Argentina, de la India, de Sudáfrica, de China. Por su parte, los periodistas de muchos de sus países siguen las vicisitudes americanas, las elecciones americanas, hasta llegar a los más pequeños acontecimientos cotidianos, multiplicando de esa manera el flujo de noticias de América. De modo que en la mayor parte del mundo lectores y espectadores se ven a sí mismos sobre todo cuando llegan a ser "noticia" en América, por lo que se acostumbra a conceder a esa "noticia" un valor especial, más elevado, más importante, una especie de acta notarial pública de su existencia. Y ven más América porque una densa red de comunicación one way (de América hacia los demás países) es mantenida en funcionamiento por todo el mundo.

    La conciencia de este hecho -la mayoría de las noticias que recorren el mundo son "americanas"- explica por qué la identificación nacional del periodista americano es, típicamente, muy elevada. Corresponde a la identificación del ciudadano con su propio país y con su propio sistema de gobierno. Pero un dato relevante en la cultura americana que casi no se descubre en la cultura de otros países, es el del "interés nacional", siempre presente en el discurso político americano, especialmente en el caso de acontecimientos internacionales. Políticos y opinión pública se preguntan claramente si esos acontecimientos afectan al "interés nacional americano", o sea si son útiles o nocivos para el país. No cabe duda de que un criterio tan claro y tan fuerte influye sobre la circulación de las noticias, o mejor dicho sobre su propia formación. Esto no quiere decir que exista una voluntad americana de influir en el mundo. Nos recuerda, sin embargo, un problema: la identificación nacional del periodista tiene mucha importancia y distingue su trabajo porque permite descubrir un punto de vista que orienta a los lectores o espectadores.

    La conciencia de la identidad permite al reportero estar al corriente del papel que desempeña, especialmente fuera de su propio país. Es diferente, muy diferente, ser o presentarse como periodista alemán, francés o americano en los diversos lugares de intervención. De manera inevitable, la declaración modifica la relación.

    Sólo el testigo de un acontecimiento que consiga expresarse en inglés deja señal, y sólo la transcripción en inglés de una noticia está destinada a dar la vuelta al mundo, convirtiéndose en fuente para aquellos que no tienen acceso al lugar y a los protagonistas del acontecimiento.

    Por esta razón tiende a formarse una red de comunicaciones internacionales carentes de identidad y de signo cultural, que se prestan, en lugares diferentes, a interpretaciones diferentes. En efecto, los grupos freen lance de periodismo de lengua inglesa que están disponibles para la inmediata intervención en el mundo no se sitúan en el sistema organizativo y perfectamente identificado del trabajo de las agencias periodísticas; trabajan sobre todo para las redes televisivas, a las que ofrecen un material de primera mano que contiene los datos y las evidencias de un hecho, aunque sepan que servirá para un uso y una interpretación lejana del hecho, que será   armonizada con la cultura periodística de quien los utilizará. La identidad periodística también es un pacto estipulado entre periodista y diario (o televisión) de un lado y el público del otro. Jugar con otras tradiciones periodísticas, intentando de repente la transformación en reportero americano, o tratar de dar vida a acontecimientos periodísticos "a la americana" es, en general, una ocurrencia más espectacular que profesional, incluso cuando la transformación se ha intentado de buena fe. Es inútil y provoca desorientación.

    Al igual que en todas las actividades profesionales y que en todas las prestaciones de la artesanía (las dos características del periodismo), la relación del periodismo con la cultura y la historia del propio país es fuerte y conviene que siga siéndolo. Casi siempre las insuficiencias e inadecuaciones del oficio de periodista (como del oficio de abogado o de enseñante) no se deben a lagunas profesionales, al desconocimiento de las fórmulas más nuevas o más modernas. Reflejan más bien datos de carácter y del comportamiento nacional en cuyo cambio se participa en primer lugar como ciudadanos.